Hoy me levanté. Era una mañana normal, excepto por unas nubes grises que amenazaban tormenta en mi cabeza. Llegué al instituto. Estaba nerviosa, y me veía insegura. Temía que algo malo pasaría. Llegó el recreo. Una amiga me llamó para que fuera hacia ellas. Fuimos al baño, todo era como siempre. Pero esa sensación no me abandonaba. El último timbre sonó al fin. Mi madre me recogería, como varios viernes siempre hacía.
No podía imaginar que haría eso. Cuando salí, respirando el aire fresco, divisé a mi madre en su todoterreno, mientras intentaba llegar a una de las pocas plazas que quedaban en el parking. Esa zona era la de más dificultad, todo el mundo pasaba sin respetar nada. A través del cristal del coche, vi la cara de fastidio de mi madre. De repente, presionó el acelerador y aparcó. En esa arriesgada maniobra golpeó a alguien, desgraciadamente, pude ver perfectamente quién era ese alguien.
Corrí hacia él, quizá gritara. Me arrodillé a su lado, no se veía sangre, pero sus ojos estaban cerrados. Apenas notaba si su corazón latía o no. Estaba llorando, gritándole que reaccionara, que abriera los ojos. Miré hacia arriba, mi madre no había movido ni un músculo. Seguía estática, como si se le hubiera parado el reloj de tiempo.
Pronto surgió el caos alrededor de nosotros, todo el instituto estaba ahí, pero esas caras eran desconocidas para mí.
La ambulancia llegó pronto, se lo llevó, pero vi que se lo llevaban en esa bolsa de plástico, en la que se llevan a los muertos.
Él ni siquiera sabía cómo me llamaba, murió en los brazos de una desconocida.
Hacía dos semanas pude saber su nombre, desde que el instituto empezó no me lo había sacado de mi mente, pero nunca le había dicho nada. Ni siquiera un simple "hola".
Después de un rato ahí, volví a ver hacia el coche de mi madre. En lugar de ese coche, vi una nota en el suelo que pronto desaparecería con el viento, como él, pensé. Me acerqué hasta ahí y tomé el blanquecino trozo de papel.
"Hija, esto es duro, para ti y para mí.
Y ahora viene lo peor: tu madre debe desaparecer.
Por una buena temporada.
Son cosas que jamás entenderías.
Pero quiero que recuerdes que te quiero, eres mi vida"
La esquina de abajo del papel se veía mojada, como si estuviera llorando mientras lo escribía.
Estaba desorientada. No sabía qué hacer ni qué decir. No tenía a nadie.
Pronto en el instituto empezaron a culparme de la muerte de Jack. Quería morirme, la frase "tierra, trágame" se había convertido en mi lema de vida.
Hasta que un día me cansé, me cansé de todo y no quise volver a ese lugar. Ni a ese ni a ningún otro. Esas dos sombras me perseguían constantemente, sin descanso, a veces parecía que se burlaran de mi inseguridad y mi miedo
Cogí una botella caducada de aquel maloliente producto de limpieza que anunciaban en la tele. Quería bebérmelo entero y acabar con todo, pero el estúpido timbre sonó.
Tiré el bote frustada y abrí la puerta. Era un chico joven y esbelto, con unos preciosos ojos avellana
+Hola, soy nuevo en el vecindario. Me llamo Miguel
-... Soy Paula... Pero mejor no sepas nada de mí-dije cabizbaja cerrándole la puerta.
Ese chico volvía a tocar a mi puerta todos los días. Cada vez me costaba más decirle que no.
+Por favor, solo quiero hablar contigo +suplicó al décimo día, en el que finalmente accedí +Me contaron quién eres, ¿sabes?
-Ah-contesté con miedo
+... Quiero que te des una oportunidad, Paula
-¿De qué hablas?
+Te han sucedido muchas cosas desagradables en muy poco tiempo. Pero el mundo no se ha acabado, ni se acabará mañana ni pasado. El mundo no se limita a un edificio en el que la gente te culpa de algo injusto. ¿Por qué no levantas la cabeza bien alta y sigues viviendo? +y se fue por donde había venido, dejándome con esa enigmática frase
Nunca más volví a saber de él, pero desde ese día las cosas cambiaron. Ya no era la chica insegura y con miedo. Poco a poco me convertí en una persona independiente, que no derramaba más lágrimas por lo que los demás pensaran o hicieran. Esa persona estuvo a mi lado en el momento más difícil de mi vida. Y supo qué decir y cuándo, nunca podré saber qué hacer para agradecérselo.
Excepto levantarme todos los días e ir al instituto segura, con una sonrisa en los labios, inspirando confianza. Eso no cesó el bullying, pero consiguió que dejara de importarme.
Marta García Bugallo (3ºC)