La biblioteca de Santiago de Compostela, como todas las bibliotecas, es un mundo. Por eso le han dado forma. Lo bueno es que podemos viajar al centro de la Tierra.
Fuhao Chen (2º Bachillerato de Sociales)
Después
de una larga travesía llegamos de vuelta a Teruel con numerosas e inolvidables
experiencias vividas en un viaje en el que hemos aprendido muchas cosas pero que
sobre todo, ha hecho que nos conozcamos mejor y aumente nuestra amistad. Sin
duda, esta ha sido una de las mejores semanas de nuestra vida de la que hemos
vuelto con una idea clara: Volver algún día a Italia.
La calle principal de la ciudad estaba completamente vacía y silenciosa. No había ningún alma que rompiera la tranquilidad de la calle en aquella calurosa tarde previa a las vacaciones de verano. Todo estaba siendo muy apacible hasta que sonó la alarma que marcaba el final del periodo laboral en uno de los edificios repletos de oficinas. Desde la calle se podía escuchar como una multitud, deseosa de comenzar sus vacaciones, rompía el plácido silencio con fuertes pisotones en todos y cada uno de los escalones que llevaban a la salida. La primera de los cientos de personas que dirigía la multitud golpeó con brusquedad la puerta y desde ahí y durante los posteriores cinco minutos la calle aparentó contener una manada de antílopes corriendo en grupo hacia sus coches. Tras unos minutos de tempestad todos los trabajadores habían partido hacia sus hogares y la calle volvió a su habitual estado de sosiego.
Por fin tocó el timbre y todos comenzaron a recoger sus cosas y sus abrigos sin antes colocar la silla encima de la mesa como siempre indicaba el profesor.
Desde el exterior se vio primero a los atletas que salieron en primer lugar, bajando por las escaleras de la entrada tomando verdaderos riesgos, como huyendo de los leones que custodian el edificio. Así, de forma similar a una manada perseguida por depredadores, salió la multitud, agolpados y con prisa, aunque no tanto como las primeras gacelas.
Por la escalera central del instituto Segundo de Chomón, a las dos y veinte de la tarde un viernes soleado, unos cuatrocientos jóvenes se agolpan por salir de la “no-vida” a la vida de relax en la calle. Desde el tercer piso bajan los alumnos de bachillerato junto con los de la clase de cuarto A, estos son los más mayores pero aún así también corren lo más rápido posible para salir antes; en el segundo piso se encuentran los demás cuartos y los alumnos de tercero que hacen avalanchas para salir los primeros; y por último, los de primero y los de segundo que, por suerte para ellos, no tienen que bajar escaleras pero aún así se amontonan por sus pasillos y echan la carrera para ver quien consigue salir antes del “infierno”.
Era un día fantástico, soleado, daba gusto salir a la calle y ver los árboles de las aceras todos floreados estaban más preciosos que nunca. Pero con este día no era plan de ir al centro de la ciudad ni ir a alguna terraza de un bar, era el día perfecto para coger a toda la familia y al perro e ir al campo o al pantano, aunque no fuese época de ir al pantano ni al campo ni a un río era para ver lo precioso que estaba todo, daba gusto sentarse en el suelo y oler ese olor a hierba, a plantas, a agua, vamos, una mezcla de todo.
Era un domingo por la tarde en el estadio, no un domingo cualquiera, un domingo en el que hay una exaltación y un nerviosismo mayor de lo habitual había dos colores más que claros y entre abucheos y elogios apenas se escuchaba nada, solo se oía de vez en cuando un pitido suelto seguido de más griterío, hasta que se escuchó el pitido final, de repente una grada se dejo de oír, cabizbajos se levantaron y fueron hacia la salida mientras que en la otra grada saltaban y gritaban de alegría, pero también tuvieron que salir. Nunca había encontrado a la salida dos sentimientos tan opuestos y tan cerca a la vez, esto solo lo consigue pocas cosas en esta vida y el deporte es una de ellas. | Pincha en la imagen para ver el vídeo |
