RELATO DE AMELIA OÑA

Un
gran estruendo me despierta de lo que me parece que es el infierno, pero no es
hasta que abro los ojos cuando descubro que en ningún momento he salido de él.
Un soldado alemán abre las puertas con fuerza, mientras que los otros tres que
le escoltan comienzan a desplegarse por la sala, sacando a todas las mujeres de
lo que llevamos un tiempo considerando camas. Algunas son agarradas del pañuelo que les cubre el corto pelo, otras de las
ropas, haciendo que estas se rasguen y queden semidesnudas. Ante esta situación,
el primer soldado alemán ríe, mientras que los demás siguen golpeando a las
mujeres con el fin de que se levanten. Un soldado alemán se acerca a mí y me sujeta
con fiereza el brazo. Yo dejo que me lleve hasta la puerta, porque no tengo
fuerzas ni para ello. Una vez fuera de las camas,
me suelta y caigo. Estoy débil y todo el cuerpo me arde. Tengo heridas en
las manos, brazos, rodillas y pies. Vuelve el joven soldado que me ha sacado y me
tira de la ropa que me cubre la espalda, arrancándomela. Mis pechos quedan al
descubierto, lo que atrae la atención de los demás soldados, que comienzan a
reír mientras se acercan. Uno de ellos se agacha hasta mi altura con semblante
entristecido y por un momento pienso que me ayudará, que alzará la voz por esta
humillación, y sonrío. Pero me ha engañado. Su mirada empática ha hecho que
durante una fracción de segundo mi atención se distanciase de ese lugar y él
pudiese tocarme los pechos con agresividad, mientras que su pecho solo se
hincha debido a las carcajadas.
Sé que no me ayudará él y que tampoco lo harán
el resto de las mujeres que se encuentran conmigo por miedo a las represalias y
nunca las culparé de ello, solo me culparé a mí misma por haber pensado que en
este infierno tal vez, y solo tal vez, se haya enviado por equivocación a
personas con grandes corazones que pese a todo siempre defenderán el sentido
común, la inteligencia y la empatía. Me levanto aturdida y con el pecho
descubierto, me coloco en la fila que comienza en el par de puertas abiertas
delante del soldado alemán que las abrió. Me doy cuenta de que soy la última
mujer en situarme en la fila y de que, mientras yo estaba siendo humillada, las
demás ya habían ocupado su puesto. Salimos al frío amanecer, despacio y
asustadas, porque no sabemos qué va a pasar, ya que cada día en esta prisión es
impredecible. Andamos por poco más de cinco minutos hasta que paramos en frente
de un pabellón con las puertas cerradas, flaqueadas por seis soldados, los
cuales se encuentran al lado de una gran montaña de ropa. Nos dicen que nos
quitemos la ropa porque nos vamos a lavar. Se oyen ciertos gritos de júbilo,
rápidamente acallados por las miradas de los soldados. Yo no tengo mucho que
quitarme, por lo que enseguida estoy temblando y frotándome el cuerpo con las
manos. Las mujeres que más tardan en desvestirse son ayudadas por los soldados que les arrancan las ropas de forma
agresiva, acción ante la que todos sueltan estruendosas carcajadas. Una vez
estamos todas desnudas, los soldados alemanes nos lanzan miradas lascivas, humillantes
y degradantes. Nos gritan que entremos, que hoy será un día de mucho trabajo y
que seguramente no volveremos a recibir una ducha hasta unas semanas más tarde,
pero mientras uno de ellos nos vende esa mala propaganda, el resto de los
soldados ríe, mirándose los unos a los otros. Abren
las puertas y todas las mujeres corren hacia dentro, deseosas de sentir el agua
recorriendo y limpiando su piel de la cantidad de sudor y suciedad que no pudo
ser quitada desde hacía unas semanas.
Yo no quiero entrar. Espero a que mis
compañeras entren, mientras que yo voy retrocediendo poco a poco, con el fin de
que no me vean los soldados, algo realmente imposible. Cuando todas las mujeres están dentro, solo
quedo yo y no soy la única que se percata de ello. Los soldados giran a verme y
sus semblantes de felicidad y alegría han sido sustituidos por los de seriedad
y dureza. Ahora sí que temo las represalias. Se acercan dos a mí, agarrándome
de los brazos y llevándome hacia las puertas. Intento frenar esa llegada con
los talones, pero estos no aguantan más dolor. Mis rodillas ceden y mi
transporte resulta más sencillo para los alemanes. Al llegar a la puerta, los
dos soldados que me sujetaban de las manos me empujan con brusquedad contra el
gentío. Siento que recorro varios metros hasta que por fin choco contra alguien
y caigo al suelo, o lo que queda de él, ya que está repleto de pies descalzos. Se
produce un gran estruendo: han cerrado las puertas. Se oye a ciertas personas
suspirar de alivio, esperando la llegada del agua con la mayor alegría que
podían llegar a sentir desde que llegaron aquí. Alguien me aferra de los
antebrazos y me levanta con dificultad, intentando hacer un pequeño hueco a mi
débil cuerpo. Agarro con la poca fuerza que me queda las manos que me mantienen
en pie y levanto el mentón. La oscuridad nos rodea, pero aun así puedo percibir
su rostro. Se trata de un chico joven atrapado en un cuerpo lleno de suciedad,
arrugas y huesos. Sus ojos están siendo mantenidos por dos grandes manchas
moradas, las cuales hacen a su vez que su rostro decaiga. Lleva el pelo corto,
a través del cual se pueden ver duras cicatrices sonrosadas, todavía tiernas. Sus
ojos me sonríen y a mí se me escapa una pequeña sonrisa, como aquellas que
solían decorar mi rostro antes de que el infierno se convirtiese en nuestra
propia vida. Sin pensármelo siquiera, me lanzo hacia él y le abrazo, de tal
manera mantengo el equilibrio y le agradezco lo que ha hecho por mí. Apoyo el
mentón en el hueco entre su cuello y su hombro, más pronunciado de lo normal, y
le susurro un pequeño gracias, a lo que él responde rompiendo nuestro abrazo y tomando
mis manos.

-¿Qué
sería del verdadero mundo, escondido en este infierno, si no fuésemos todos
iguales y verdaderamente significantes?
-Lo
que somos ahora; escoria -él me dedica una media sonrisa, achinando sus ojos.
-No
creo que haya entendido mi pregunta, señorita –me sorprende ese trato, actúa
como un joven intelectual durante un acto público.
-Claro
que sí.
-No
me refiero a nosotros. Nunca hemos llegado a conocer el verdadero mundo, porque
nunca hemos sido iguales y significantes. ¿Cree entonces usted que si
estuviésemos viviendo en el verdadero mundo haría falta proclamarse superior
mediante la violencia? –Ante tal resolución se me escapa una pequeña sonrisa
que contagia a mi compañero.
-¿Lo
llegaremos a conocer? –Le pregunto, casi temerosa de la respuesta.
-No.
Nunca lo haremos. –Su sonrisa no desaparece de su rostro, lo cual hace que mi
corazón se encoja. -¿De verdad creía usted que éramos llevados a las duchas a
tan temprana hora?
-Es
imposible conocer los movimientos de los soldados.
-Este
sí.
-Yo
no lo conozco.
-Pues
debería; ¿o es que acaso no ve todas las mañanas cómo el cielo se tiñe de un
gris ceniza y que la gran mayoría de las personas que dormían con usted han
desaparecido? ¿Cree que les han perdonado el pecado de ser judíos?
Siento
cómo alguien me empuja desde atrás, haciendo que golpee mi pecho contra el del chico
con el que estoy manteniendo la que creo que será mi última conversación.
Me
acerca aún más a él, hasta que es capaz de hablarme tan cerca que casi parece
que esté gritando.
-Vamos
a morir. No hay clemencia para todos aquellos que han cometido el gravísimo
error de defender lo que de verdad eran. –Trago con dificultad y me separo de
él aún con más ímpetu.
-No
tengo miedo a la muerte. –Él sigue sonriendo.
-Pero
solo porque aún no está muriendo. Desde que tenemos uso de la razón aceptamos
nuestra muerte, pero damos por hecho que aún está lejana a nuestro presente,
por lo que no la tememos. Puede intentar usted plantarle cara a la muerte, que en este caso no es más que el rostro de todos los nazis, pero en el
momento en el que sienta que usted ya no controla su ser, que se desploma, que
se ahoga, que todo a su alrededor sigue excepto usted, de verdad que temerá a
la muerte.

Miro
a mi alrededor y observo a toda esa gente que nos rodea. Mujeres, hombres,
ancianos. La gran mayoría de ellos está feliz porque cree que el permitirles
bañarse les demuestra que tal vez los alemanes no son tan malos y se están
comenzando a arrepentir de todo lo que les han hecho. Otros pocos miran hacia
arriba y hacia las paredes, intentando encontrar el artilugio que acabará con
sus vidas y con sus recuerdos, alegrías, tristezas, familiares, amigos,
lugares, secretos.
-No
tengo miedo a la muerte. Solo temo abandonar este terrible mundo para que otros
vivan en él y no sepan qué hacer, solo temo no poder advertir a otros, solo
temo no haber vivido en otra época, solo temo ser yo en este mundo.
-Usted
teme a la muerte casi tanto como yo. Siempre pensé que yo podría hacer grandes
cosas que cambiarían el mundo, hasta que me di cuenta de que el verdadero mundo
era yo. Si en vez de haberme proclamado como judío lo hubiese hecho como alemán
nazi, ¿estaría acaso yo aquí? No. –Él mira sus pies desnudos, y niega
ligeramente con la cabeza.
-¿Por
qué no lo hizo?
-Porque
no soy una alemán nazi. –Levanta el mentón y su mandíbula se tensa, pero pese a
ello se le escapa una lágrima que él deja que recorra su mejilla.
Al
no apartarla de su rostro levanto la mano y le toco la mejilla, pero él aprisiona
mi muñeca y con una media sonrisa en el rostro niega de nuevo con la cabeza.
-No.
No lo haga. – Bajo la mano, y con ella él baja el rostro. – Es esa la razón por
la que no me podría haber considerado un alemán nazi; yo siento, ellos no. Yo
temo la muerte de todas las personas que se encuentran en esta sala conmigo,
ellos en cambio han sido quienes las han mandado aquí.
-¿Cree
de verdad que no sienten? –Él afirma con la cabeza. –Yo creo que se equivoca.
Ellos sí que sienten, sienten la tristeza y el temor de todas estas personas,
lo que hace que ellos sientan alegría y superioridad. Ellos sienten, pero no
sienten como lo hacemos usted y yo. –Intento sonreír, pero se me escapa una
pequeña lágrima que aparto rápidamente de mi rostro. Él lo ve y sonríe con
tristeza.
Nos
quedamos en el corto silencio que nos permite el no intercambio de palabras
entre nosotros. Ambos nos miramos con cansancio y debilidad. Pasa una eternidad
hasta que él vuelve a hablar.
-¿Solo
teme usted?
-Ahora
sí. Ya no queda nada dentro de mí que quiera seguir luchando, y el temor es lo
único que hasta el momento me ha mantenido con vida.
-El
temor no es la vida, es la muerte. –Me observa con extrañeza mientras que su
mano roza ligeramente mi mejilla–. Tal vez me he equivocado y usted de verdad
no temía a la muerte, porque lleva muriendo desde el momento en el que dejó de
luchar. –Giro el rostro, haciendo que su mano caiga.
-¿Qué
le hace pensar, acaso, que he tenido motivos para seguir luchando?
-Nada.
Agacho
la cabeza, mis rodillas ceden y caigo al suelo. Las lágrimas comienzan a brotar
y caen con fuerza por mis mejillas. La gente a mi alrededor me empuja,
intentando hacerse ellos un hueco. Esta vez él no intenta levantarme, sino que
se agacha a mi lado y sujeta mi rostro entre sus manos. Tal vez era más débil
de lo que realmente creía.
-Dejé
de luchar en el momento en el que los nazis proclamaron su odio hacia los
judíos. Sabía que mi muerta sería inminente y por ello decidí rendirme. ¡Decidí
rendirme y no luchar por la igualdad, justicia, sentido común y libertad! Me
rendí cuando vi que el peligro se acercaba y que me iba a vencer, sin dejar si
quiera una oportunidad para mi victoria. –Lloro, lloro y grito, sabiendo que
nadie dentro de esta sala se girará a ayudarme, excepto aquel que me está sosteniendo
el rostro y me mira con intensidad.

-No
es usted la única que dejó de luchar cuando el peligro comenzó a hacerse más
patente. ¡Yo había luchado por todo en mi vida, excepto por ella misma! –Levanto
la mirada hacia sus ojos, llenos de lágrimas retenidas. Le acaricio el rostro y
apoyo mi frente en la suya. Cierro los ojos, pese a que las lágrimas siguen
recorriendo mis mejillas.
-Llore,
grite, desahóguese. No tendrá otra oportunidad para hacerlo. Abandone este
mundo tal y como llegó a él. ¡No reprima el dolor, la tristeza, la desigualdad,
la injusticia que contiene en su corazón! ¡Llore conmigo, pues será la última
vez que lo haga! –Cada vez grito más y las lágrimas caen con más rapidez por
mis mejillas y con más fuerza sobre el suelo. Las de él no aparecen hasta pocos
segundos más tarde, pero acompañan a las mías, con la misma fuerza, rabia y
dolor. Ambos estamos sujetando el rostro al otro con las dos manos, con las
frentes apoyadas una en la otra. Ahora somos un solo ser que ha unido todo lo
que siente y lo ha hecho más intenso y fuerte. Tal vez no nos sirva para mucho,
aunque sí para poder consolarnos mutuamente.
-Nunca
me he sentido tan orgulloso de ser judío como ahora, aunque ello me lleve a la muerte.
-A
la muerte no le va a llevar su condición de judío.
-¿Entonces
qué lo hará? –Levanto el rostro y le observo. No importa lo que pueda llegar a
suceder porque los minutos de vida que nos quedan son escasos.
-La
incapacidad de no haberlo aceptado antes y luchar por ello. –Él sonríe y
levanta la cabeza, mirando al techo.
Nos
quedamos unos segundos en silencio.-Es
la hora, ¿lo sabe? -Levanto la mirada mientras que él ase mis antebrazos y me levanta.
Pocas
personas miran al techo, pero los que lo hacen pueden ver cómo un soldado
alemán protegido por una máscara comienza a echar varias latas sobre la gente.
A partir de este momento cunde el pánico y solo se oyen gritos.
No
puedo apartar la mirada de la escotilla abierta que permite el paso de ligeros
rayos de luz que bañan mi piel. Cierro los ojos y siento cómo alguien me agarra
del mentón y roza muy ligeramente sus labios con los míos.
Por
fin sonrío de verdad. Una sonrisa llena de felicidad y alivio.
Abro
los ojos porque sé qué es lo último que quiero ver antes de morir.
Le
observo con tranquilidad, rozándole con cuidado la mandíbula, el contorno de
los labios, la nariz. Él me sonríe y es con eso con lo que me quedo, con su
sonrisa. Con la sonrisa de la esperanza, de la verdad, de la tristeza. Escucho
cómo varios cuerpos caen al suelo y me doy cuenta de que el gas comienza a
hacer efecto. Siento mis párpados cerrarse suavemente, pero la realidad aún no
desaparece. Él roza mi mejilla con los dedos y en un pequeño susurro oigo que
dice:
-Bruno.
–Entonces se desploma y cae a mis pies.
Observo
su figura. Una sonrisa se dibuja en su rostro.
Bruno…
Supongo que ese era su nombre.
Sonrío
mientras mis párpados caen y la realidad se desvanece. Siento cómo mi cuerpo
golpea el suelo, pero no la gravedad del impacto.
-Anne…
DIBUJO DE EVA LANGA FUERTES